Tenía la tentación de titular este post con algún sortilegio que desagraviara a uno de los implicados en esta historia, a costa de penalizar al otro protagonista. Un titulo para la confrontación: Fulanito vs. Menganito. Pero seria faltar a la verdad y, de forma muy injusta, estaría agrediendo a aquellos que pudieran estar leyendo estas líneas. No es, pues, una confrontación entre Gunter Grass y Joseph Ratzinger. Mi intención no es esa, sino recordar lo injustos que pueden llegar a ser los apresurados, y desgraciadamente a veces malintencionados, juicios de valor.
Repasemos someramente los hechos. Cuando Ratzinger fue elegido Papa, los especialistas en perfiles en los grandes medios de comunicación tiraron de biografías, publicaciones y recuerdos de urgencia para construir una semblanza del Papa que había asumido una serie tareas aun más complejas que dirigir el Banco de Tokio, Microsoft y la BBC a la vez. Esas tareas aun mas complejas eran suceder, continuar y enriquecer el legado del misterio petrino que nos había regalado Juan Pablo II. Pronto se habló de él como “martillo de herejes”, “de hombre inflexible”. Pero también se alzaron voces de aquellos que recordaron al cardenal Ratzinger como alguien afable, dialogante, constante, honesto y, extraordinariamente bien preparado en el análisis intelectual. Un hombre de fe profunda y demostrada -ergo, buena persona en el pleno sentido de esas dos palabras. También los hubo quien rescataron un episodio aparentemente turbio en su vida. Ratzinger había pertenecido al Partido Nazi en su juventud. La intencionalidad de esa expresión nacía de un perverso doble interés: por un lado, golpear la imagen y credibilidad del sucesor de Juan Pablo II, ese Papa empeñado en tender puentes de acercamiento con sus hermanos mayores, los judíos. Por otro lado, resucitar esa falsa e injustísima leyenda negra sobre la connivencia de la jerarquía católica con los nazis. El efecto se consiguió a medias. Confundieron a los perezosos y a los que hacen gala de su falta de rigor, pero animaron a millones de personas a preguntarse “¿pero cómo puede ser verdad semejante historia?” Ejemplos encontramos en El Plural –periódico online bastante proclive a censurar cualquier pronunciamiento del Papa- cuando en junio de 2006 seguía afirmando que Ratzinger “fue artillero en la Reichsluftschutzbund”
La explicación a esta historia la ofreció el propio Santo Padre… Cuando aun era el cardenal Ratzinger. En su libro autobiográfico Mi Vida explica lo que ocurrió (copiamos los comentarios al hilo de este biografía realizados por Pbro. Luís-Fernando Valdés López. Gentileza de Encuentra.com y encontrado en Iglesia.org)
¿Pasado nazi? El primero de los mitos sobre Benedicto XVI es la acusación de que en su juventud militó con los nazis. ¿Qué hay de verdadero en esto? La respuesta la encontramos rápidamente en el libro publicado por Joseph Ratzinger en 1997, titulado Mi vida. Recuerdos (1927-1977). Ahí cuenta que en 1943, cuando él tenía 16 años y era ya seminarista, el gobierno de Hitler realizó una leva, y así le tocó ingresar al ejército alemán. Cuenta que en vista de la creciente carencia de personal militar, los hombres del régimen idearon que los estudiantes utilizaran su tiempo libre en servicio de defensa antiaérea. «Así, el pequeño grupo de seminarista de mi clase —de los nacidos entre 1926 y 1927— fue llamado a los servicios antiaéreos de Munich. Habitábamos en barracones como los soldados regulares, que eran obviamente una minoría, usábamos los mismo uniformes y, en lo esencial, debíamos llevar a cabo los mismos servicios, con la sola diferencia que a nosotros se nos permitía asistir a un número reducido de clases» (p. 43). Más adelante en 1944, fue asignado a un campamento en Austria, en la frontera con Hungría y la entonces Checoslovaquia. Ahí los oficiales eran «nazis de los primeros tiempos… fanáticos que nos tiranizaban con violencia» (p. 45). Y cuenta que una noche, ya muy tarde, pusieron a su pelotón en formación. Entonces, «un oficial de la SS nos llamó uno a uno fuera de la fila y trató de inducirnos como “voluntarios” en el cuerpo de la SS, aprovechándose de nuestro cansancio y comprometiéndonos delante del grupo reunido» (p. 46). Cuando llegó su turno, el joven Ratzinger se negó. «Junto con algunos otros, yo tuve la fortuna de decir que tenía la intención de ser sacerdote católico». La reacción de los oficiales de la SS —ese «cuerpo criminal», lo llama— fue inmediata: «fuimos cubiertos de escarnio e insultos, pero aquellas humillaciones nos supieron a gloria», porque se habían librado de ese enrolamiento falsamente “voluntario” (p. 46).
Aprovecho la circunstancia para aportar otras referencias igualmente esclarecedoras: Especialmente reveladoras son las pertenecientes a Anti-Defamation Leage en la que se puede leer:
“Having lived through World War II, Cardinal Ratzinger has great sensitivity to Jewish history and the Holocaust. He has shown this sensitivity countless times, in meetings with Jewish leadership and in important statements condemning anti-Semitism and expressing profound sorrow for the Holocaust. We remember with great appreciation his Christmas reflections on December 29, 2000, when he memorably expressed remorse for the anti-Jewish attitudes that persisted through history, leading to “deplorable acts of violence” and the Holocaust. Cardinal Ratzinger said: “Even if the most recent, loathsome experience of the Shoah (Holocaust) was perpetrated in the name of an anti-Christian ideology, which tried to strike the Christian faith at its Abrahamic roots in the people of Israel, it cannot be denied that a certain insufficient resistance to this atrocity on the part of Christians can be explained by an inherited anti-Judaism present in the hearts of not a few Christians”
Como se puede apreciar, lejos de ser un miembro del partido nazi, Joseph Ratzinger fue víctima del nazismo. Y nos ha dejado constancia de su clara oposición a formar parte de ese sistema. Lástima que los mass-media autodenominados progresistas y laicos pasaran por alto tan nimio detalle: averiguar si el protagonista de la historia había dicho algo acerca de este asunto tan espinoso. En lugar de hacerlo, tiraron por la calle del medio, transmitieron intencionadamente la imagen de que el nuevo jefe de la Iglesia Católica tenía mucho que ocultar. Cuando se aclaró el embrollo -que no era tan siquiera “pecado de juventud”, sino mas bien un precioso ejemplo de fortaleza, inteligencia y confianza en los designios del Redentor- pocos rectificaron. Y quienes lo hicieron, lo explicaron en voz baja. No fuera que quedara en entredicho su prestigio por culpa de su monumental metedura de pata. Han pasado los meses y la imagen de Benedicto XVI -el mismo que a las semanas de su entronización había sido señalado como una monstruoso Saturno/Cronos que devoraba a sus propios hijos- sigue agigantándose superando cualquier crítica, incluso las de aquellos que le amamos. Sabíamos que era un hombre excepcional… Pero lo que no nos imaginábamos es que fuera tan “excepcionalmente excepcional”.
Me remito a dos enlaces que narran un mismo ejemplo sobre su sorprendente y maravillosa capacidad para compartir firmeza, dialogo, cariño y comprensión. Uno pertenece al blog de este periodista de raza e íntegro que es Lluis Foix, al que no conozco personalmente y al que en muchísimas cuestiones tengo opiniones enfrentadas. Sin embargo, su explicación sobre la visita de Benedicto XVI a España a raíz de la Jornada de la Familia, aporta mucha luz de quién es en realidad este hombre. El otro pertenece a Juan José García Noblejas. Es Profesor Ordinario de “Poetica e Iconologia” y de “Sceneggiatura Audiovisiva” en la Pontificia Università della Santa Croce – Roma y responsable del blog Scriptor.org.
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