Pepe Rubianes y la extraña paradoja de la libertad de expresión

Septiembre 12th, 2006
Posted by freedownload

He visto la entrevista de Pepe Rubianes con Albert Om en TV3 media docena de veces. Horario casi-escolar. Muchos niños ya están en casa, y como era también mi costumbre, me los imagino ávidos de ver “los dibujos de la tele”. Esa hora de ocio infantil ha sido finiquitada por Grandes Hermanos y la Casa de Tu Vida y, también, por talk-shows de media tarde. En uno de estos programas se asomó Pepe Rubianes hace unos meses. El actor apareció dedicando fuertes insultos a esos españoles -políticos, intelectuales, periodistas y simpatizantes- que consideran que la unidad del Estado Español corría (o sigue corriendo) peligro con la aprobación del Estatut. Esas palabras las dedicaba a un grupo que ha sido catalogado por la prensa progresista (¿progresista?) como “la derechona”.

Esta entrevista puede encontrarse en Youtube.com. No hace falta observar con atención: el rostro de Pepe Rubianes aparece enojado, sus palabras destilan rabia, se trabuca en un par de ocasiones porque esa rabia le puede al raciocinio. De hecho, si alguien ha visto alguna vez a Pepe Rubianes en escena sabrá que esa no es la expresión que utiliza en sus monólogos. El que aparece sobre el escenario es otro rostro, mucho más socarrón e infinitamente menos agresivo.

La polvareda fue tal, que al cabo de unos días el actor se disculpó a medias.

Dada la tergiversación malintencionada que se está dando a comentarios míos, una de las acusaciones más señaladas es la de que “he insultado a España y a su unidad” y por eso quiero puntualizar que a la España a la que me refería y refiero es a esa España negra, cavernícola, reaccionaria, casposa y fascista que ha encontrado como divertimento agredir a Catalunya desde todos los frentes por el motivo que sea y que ahora hincha pecho usando de la democracia –que en verdad les importa una higa–, para agredir y vilipendiar al pueblo catalán y su Estatut (Estatut votado por el 90% de los representantes de los catalanes, que no lo olviden).
Con esa no quiero ir a ningún lado ni unido ni separado. Jamás me he querido referir a la España demócrata real que, por supuesto, me merece todo el respeto y admiración y con la que me siento identificado, y defiendo con ellos, ¡cómo no!, “la unidad” de una España de futuro y progresista. Por eso pido disculpas sinceras si algún español demócrata se siente herido por mis declaraciones. No era esa mi intención, palabra. Hago extensibles también mis disculpas al pueblo de Extremadura, al que me acusan de insultar, dado que mis comentarios arrancaban de una declaraciones de Rodríguez Ibarra donde dijo que “los catalanes se metieran el Estatut donde les quepa”, ¿recuerdan? (Estatut, le guste o no, votado por el 90% de los diputados catalanes). Mi intención fue responderle que esa España agresiva con Catalunya se la metiera también donde a él le cupiera, pero dicho con lenguaje más fuerte. Y, de pasada, le recordaba que, por desgracia, parte del pueblo extremeño, como el mío –el gallego– y el de otras comunidades, nos habíamos visto castigados por la terrible lacra de la emigración y que en Catalunya habíamos encontrado oportunidades para nuestras vidas y hacerla grande y avanzada, y que eso merecía un respeto para el pueblo de acogida (de ahí lo del “perro que nunca muerde la mano”). Nunca pasó por mi cabeza agredir a esa noble comunidad como desean hacer creer. Nada más. Exculpo a Albert Om, conductor del programa, y a los responsables de TV-3 de unas declaraciones de las que yo me hago responsable y las que intento puntualizar para que queden, visto el ambiente, lo más claro posible. 

A la perplejidad por sus declaraciones -que podrían entenderse en un momento de ofuscación y pérdida de la orientación del actor- se une el asombro por la agresividad de lo que se suponen unas palabras de disculpas. 

Ahora, meses después de esa tormenta de arena, Pepe Rubianes se va a la meseta para presentar su obra: Lorca eran todos.

Allí, los que se sintieron referenciados en sus palabras, han decidido tirar por la via de la protesta. Han enviado miles de correos electrónicos a los responsables políticos y culturales de la Comunidad de Madrid, Ayuntamiento de Madrid y el Teatro Español. No quieren que Pepe Rubianes actúe allí. Siguen ofendidos.

Reacciones: Pepe Rubianes ha reculado, y dice que no actúa. Que no se siente seguro ante esa fauna tan agresiva. La progresía del país ha saltado en su defensa. Primero atacando a Ruiz Gallardón acusándole de plegarse a las presiones de la “España negra, cavernícola, reaccionaria, casposa y fascista” pero cuando se ha demostrado que fue una iniciativa de Rubianes, han virado rumbo y han enfilado la defensa de la libertad de expresión del actor.

La paradoja es evidente: a Pepe Rubianes se le permite utilizar un lenguaje soez, insultar a los que tienen una opción política válida en democracia -ni son terroristas ni utilizan técnicas terroristas- y afirmar que siente perseguido y que sus palabras han sido malinterpretadas (¿¡¡malinterpretadas!!?) Sin embargo, la prensa progresista niega a los que se quejan el derecho a organizarse y a quejarse por su aparición.

No me da igual si los “insultados” tienen o no tienen razón. Tampoco me da igual saber si realmente Pepe Rubianes utilizó un lenguaje en clave “animus iocandi” o, por lo que creo, realmente buscaba la confrontación. Sin embargo, ambas cuestiones no son, para mi, la clave de todo este asunto.

Lo que me preocupa es que a determinados representantes de la vida intelectual española se las defienda a capa y a espada y se les otorgue una patente de corso/derecho de pernada en sus declaraciones, mientras qué a determinadas organizaciones y a personas que actúan a título privado se les escora hacia el fascismo y hacia la intolerancia sólo por sus quejas.

En la constante (re)evolución lingüística en la que se encuentra inmersa la progresía mediática de este país, cuando ésta habla sobre los conservadores dicen que “presionan y amenazan” en lugar de “quejarse y protestar”. Negativizan su actitud, llevándola hacia el extremo de la intolerancia. Y así, poco a poco, va calando el mensaje de que el papel de los conservadores (o de la derecha según se mire y según se prefiera) es propia de fascistas intolerantes. Del mismo modo, cuando un representante de esa progresía se pasa de la raya, hablan de “libertad de expresión y de poca sensibilidad democrática en los que se sienten ofendidos”.

Extraño país. El paraíso de las dos varas de medir.

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