Llego con cierto retraso a la columna en la que Juan Manuel de Prada (ABC, 11 de septiembre de 2006) reflexiona sobre la escandalera montada en torno a la programación-y-posterior-retirada de la obra que debía representar Pepe Rubianes en Madrid.
Sus palabras son sensatas. Llenas de sentido común. Se podrá estar de acuerdo o no con la postura que propone Juan Manuel de Prada, pero tanto el estilo como el modo en cómo afronta el asunto reflejan mucho-mucho sentido común. ¡Ay si estos apréndices del exabrupto progresista y expertos en defender exclusivamente su libertad de expresión, tuvieran la misma finura de Juan Manuel!
Un tipo muy sensato este de Prada.
Por el interés del artículo, y porque es más que probable que dentro de unos días ABC lo envie a la “hemeroteca de pago” publicare temporalmente este artículo en este blog.
El caso Rubianes
Por JUAN MANUEL DE PRADACOMO artista, contemplo con preocupación la retirada del espectáculo «Lorca éramos todos» de la programación del Teatro Español. El actor Pepe Rubianes no figura entre mis predilectos; ni siquiera sé si se trata de un cómico de verdadero talento con un ramalazo chocarrero o de uno de esos ventajistas que disfrazan sus chocarrerías con un barniz de respetabilidad cómica. Yo no lo sé; pero se supone que Mario Gas, encargado de la programación del Teatro Español, debería saberlo. Y se supone también que su opinión sobre el mencionado Rubianes, o siquiera sobre el espectáculo que iba a representarse bajo su égida, eran favorables. Me parece absolutamente intolerable que un artista, como sin duda Mario Gas lo es, permita que la obra de otro artista que él mismo ha contribuido a promocionar tenga que retirarse de la cartelera por presiones de grupos organizados. Ignoro si cuando aparezcan estas líneas Mario Gas habrá presentado su dimisión como director del Teatro Español; pero, sinceramente, creo que sería la única salida honorable que le resta, si en algo aprecia la libertad del artista.
Quizá a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan les sorprenda, incluso les indigne, mi defensa de Rubianes. Existe un refrán castellano que reza: «Cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar». Uno ni siquiera necesita poner sus barbas en remojo, pues ya ha sido víctima de muy diversos vetos y anatemas. De manera que mi defensa, antes que un acto de gallardía, debe considerarse una cuestión de supervivencia. Los exabruptos que Rubianes dedicó a España en cierto programa de la televisión catalana se me antojaron de una vileza cetrina. No por el objeto de los ataques, pues considero que nada debe haber sacrosanto para el artista, sino por su muy grosera forma expresiva, que delataba un espíritu atocinado y nada artístico, y sobre todo porque eligió para proferirlos un lugar donde fueron acogidos con regocijo. Ya estoy un poco harto de esos artistas que, disfrazados de infractores de todos los tabúes, se hacen los valentones cuando en realidad no hacen sino halagar los instintos más bajos de su público. Pero los exabruptos de Rubianes trascendieron (algo que seguramente no podía imaginar cuando los profirió), y lo convirtieron en la bestia negra de un sector social que se consideró damnificado por sus burdas zafiedades. Se supone que es precisamente ese mismo sector social el que, representado por sus avanzadillas más guerrilleras, ha arreciado con un pedrisco de llamadas telefónicas intimidatorias que han terminado disuadiendo de consuno a Rubianes y a los programadores de su espectáculo.Lamentable, por muchas razones. En primer lugar, los exabruptos de un artista no deben enturbiar la consideración que nos merece su obra; querer convertir la antipatía, desagrado o incluso aborrecimiento que un artista nos inspira en un veto contra su obra es un acto siniestro, propio de los comisarios políticos de los regímenes comunistas. Lamentable también porque, si el espectáculo resultara a la postre tan degradante y chabacano como los exabruptos de Rubianes nos hacen presumir, habría que reclamar responsabilidades a quienes lo programaron; al haberse impedido de manera tan tremebunda la representación de dicho espectáculo, ya no se podrán reclamar responsabilidades. Y lamentable, por último, porque toda esta zapatiesta sólo servirá para que Rubianes estrene su obra en otro teatro con un éxito multitudinario, pues muchos espectadores acudirán al olor de la escandalera, y otros a solidarizarse con él. La gente civilizada no levanta una obra de la cartelera, al estilo de los comisarios políticos: si barrunta que la obra no le va a gustar, no se gasta las perras en ella; y si acude engañada, expresa su desengaño con un pateo. Y si el bodrio en cuestión ha sido sufragado con fondos públicos, se reserva el derecho de no votar a los responsables del desaguisado en sucesivas elecciones. En fin, que son precisamente los furibundos detractores de Rubianes quienes están contribuyendo con mayor denuedo a su apoteosis.
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