Hace tiempo que no escribo. Líos varios. Pero me he prometido volver a la carga… esta vez con el comentario, breve, de una gran película: Hijos de los hombres, de Alfonso Cuarón. Una película extraordinaria.
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Alfonso Cuarón aportó a la saga de Harry Potter la visión más adulta y probablemente más rigurosa, aún a pesar de tener que vérselas con un texto original que no va más allá de las cuitas de un aprendiz de mago. Cuarón parece poco amigo de las veleidades de la fantasía si esta no está sustentada en personas que padecen y resuelven sus dilemas. Parece como si lo “fantástico” fuera un mal menor para contar lo que realmente a él le interesa: el dolor de la pérdida de los seres queridos -una de las constantes de la saga de Rowlings y que coincide en lo único que me interesa de este mastodóntica obra.
En Hijos de los hombres, Cuarón vuelve por sus fueros. Desconozco el material original de P. D. James -si bien los que saben de literatura de ciencia ficción la sitúan como obra menor, interesante pero menor.
Y a partir de un material que relata un futuro más cercano de lo que parece, Cuarón teje una historia sombría, inquietante por real, y con un poso de reflexión que deja abierta mil y una interpretaciones.
En el año 2027 las mujeres han perdido la capaz de engendrar hijos. Si ellas no puede tener hijos, la Humanidad parece encaminada a un final seguro: en cien años nadie podrá contemplar ni Las Meninas de Velázquez ni El Guernika de Picasso. Ya no quedará nadie para verlas.
Nadie sabe el motivo de esta catastrófica situación. Lo único cierto es que un buen día las mujeres que estaban a punto de dar a luz en todo el mundo empezaron a sufrir horribles abortos. Se acaba la cadena de la creación… y con ella toda esperanza de construir un mundo mejor.
Ante esta situación tan horrible, el mundo gira hacia la anarquía e Inglaterra aparece como el único reducto donde aún se mantiente -aparentemente- la paz y el orden. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Inglaterra se ha convertido en un monstruoso régimen excluyente donde los inmigrantes son tratados como animales y sufren continuas vejaciones.
Este es el presente del año 2027 que describe Cuarón. Con enérgico pulso elude caer en efectismos narrativos con mucha habilidad, para mostrarnos con un punto de vista en constante movimiento el negro túnel sin esperanza en el que se ha metido la Humanidad. Un túnel donde nadie asume responsabilidades y donde la violencia contra el más débil es la única fórmula para garantizarse un final lo menos traumático posible. Y en eso ayuda la brillante fotografía de Emanuel Lubetzki. Sobria, fría, distante. Descarnada.
Porque esa es la clave de la película: una humanidad abocada a un final seguro. Una suerte de apocalipsis desesperante resumido de una forma maestra cuando Cuarón arranca la película con la trágica muerte de la persona más joven de la tierra. Un argentino de 18 años que muere apuñalado por un fan. Y es que esa “persona más joven de la Tierra” era un ídolo… el triste espejo de los terroríficos años que quedan por delante. El espectador no puede evitar pensar que dentro de 20 años, en el 2047, la persona más joven de la tierra tendría ¡38 años! ¿Y dentro de 50?
Ante este derrumbe moral de una sociedad entregada a la dictadura de una élite, un grupo de terroristas pretende una misión suicida: sacar del país a una mujer que esconde un secreto mayúsculo.
En el otro lado de la balanza un excelente Owen Wilson que interpreta al desesperado Theo, se verá enrredado en esa aventura, convertiéndose en el único defensor de esa mujer.
Vigorosa narración, sin efectismos, con un planteamiento muy sólido a veces incurre en un cinismo impropio de lo que es una gran película. Y es curioso, porque ese visión desencantada y amargamente socarrona viene de la mano de un excelente Michael Caine, que interpreta a un hippy sesentón. A pesar de esa concesión al carpe diem que plantea el papel de Jasper (Michael Caine) su relación con Theo y los demás fugitivos ofrece probablemente los mejores diálogos de toda la película.
Desgarrador y casi insufrible es la larguísima parte del campo de refugiados. Un campo que no parece en nada futurista. En nuestra memoria reciente se amontonan estampas ya vistas en los telediarios: Guántanamo, Palestina, etc. Puntos negros-negrísimos tan reales que a veces nos parecen ciencia ficción y de los que nuestros gobernantes son los únicos responsables.
Los campos de refugiados que retrata Cuarón y los que nosostros conocemos por los mass media son los mismos. Lugares donde la infamia y la destrucción del hombre campa como el gran regente. Espacios de intolerable inmoralidad.
La secuencia del gran enfrentamiento, una elipsis del desmoronamiento humano y que, repite, me parece tremendamente actual, desemboca en una maravillosa solución donde el secreto de esa mujer se enfrenta desde la tozudez a un irracional derramamiento de sangre. Espeluznante pero sabia y actual secuencia.
Cuarón sabe donde y a qué juega. Su película es un aviso a navegantes, y para nada, una película de ciencia ficción. Ni tan siquiera una hábil ni aleccionadora metáfora. Nada de eso. Es una película hiperrealista en el estilo formal, pero sobre todo, muy actual sobre lo qué cuenta.
Este argumento me recuerda de algún modo aquella desgarradora reflexión de la Madre Teresa de Calcuta en su alocución en la Conferencia de Pekín allá por 1995:
El aborto es el mayor destructor de la paz en el mundo. Si la ley permite que una madre mate a su hijo ¿qué ley podrá impedir que un hombre mate a otro hombre.
Una espléndida película que te deja petrificado en la butaca mientras te preguntas… ¿ese 2027 no es hoy?
Un mundo sin hijos.
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