En los últimos tiempos estamos asistiendo a una ofensiva mundial para concienciarnos del precario estado de salud de nuestro planeta. Dicen los especialistas que el fondo marino está sobreexplotado, que el cambio climático es irreversible y que como consecuencia habitaremos en una Tierra torturada.
Dicen los especialistas que la Tierra protesta por las agresiones de los hombres. Polución, devastación forestal, derroche inmobiliario, exceso de consumismo que ha degenerado en un incontrolable crecimiento de los residuos que la Tierra no puede asumir.
La sobreexplotación de los recursos naturales junto a la creciente desertización y al deshielo de los Polos provocará una migración planetaria de consecuencias terribles. Hablan de millones de desplazados. De nuevas y terribles bolsas de pobreza. Nuevas enfermedades derivadas del cambio climático.
El hombre, parece ser, es el principal causante de un cambio medioambiental que a la luz de todos los informes, no nos va a traer nada bueno.Hemos descubierto que la Tierra tiene voz y que está quejándose por una terrible enfermedad.
Ahora nos rasgamos las vestiduras porque vamos a dejar en herencia un mundo desolado. Nos horroriza pensar el legado que trasparemos a nuestros hijos. Pensamos en un futuro apocalíptico en el que probablemente nosotros ya no viviremos, pero en el que seguramente nuestros hijos deambularán como muertos vivientes. Este es el mensaje que nos están transmitiendo. Un fatalismo casi absoluto.
Pero vayamos a la raíz. No creo que el origen haya que buscarlo en las petroleras ni en la revolución industrial. Estoy plenamente convencido que el origen hay que buscarlo en esta pregunta ¿Por qué no hemos sido capaces de protegernos a nosotros mismos?.
Nos hemos faltado al respeto continuamente promoviendo la cultura de la comodidad, del “yo primero”, fomentando la destrucción de lo aparentemente débil, de lo que a priori no parece útil para nuestra felicidad inmediata.
Pero… ¿cómo podemos tener la desfachatez de preocuparnos del futuro de nuestros hijos cuando hemos sido incapaces de defender su pasado?
Llevamos décadas asociando utilidad a belleza, y belleza a placer personal. Todo lo que no entre en ese triángulo produce dolor, pesadumbre e inconvenientes vitales. Por tanto, los “fuera del triángulo” deben desaparecer. ¡No podemos perder nuestro precioso tiempo con ellos!
Hemos sido capaces de pervertir el lenguaje hasta cotas inimaginables para convencernos de lo bueno que es destruir aquellos hombres que están fuera del triángulo: el aborto es un mal menor, la eutanasia es un reflejo de la libertad personal, y que, en definitiva, nuestros actos sobre “la vida y la muerte” sólo nos competen a nosotros de forma individual. Dioses.
El débil, lo feo, lo inútil o lo molesto nos cortan nuestra velocidad de crucero para alcanzar la gran felicidad: más viajes para mi, más consumo para mi, más experiencias sensitivas para mi. Si eres débil, no puedes llevar mi ritmo de vida. Si eres feo, deberás cambiar de aspecto. Si eres inútil, poco puedes hacer para no ser eliminado… y si tu vida es molesta para mi, desaparecerás de mi vida. Tratamos a los hombres feos, inútiles, molestos o débiles como tratamos a la basura que está matando nuestra Tierra: no produce beneficio, entonces saquémosla de nuestra vida. Donde sea, pero fuera de nuestro día a día.
Que curioso, los muertos ya no pueden quejarse. No protestarán… Pero lo mismo que les hemos hecho a ellos, lo hemos hecho con nuestra Tierra. ¿A alguien le extraña lo que le está pasando? Personalmente, a mi no. Si no hemos sido capaces de defender la vida de los débiles, porque íbamos a hacerlo con quien, aparentemente, no utiliza nuestro mismo lenguaje.
Esa capacidad destructora que hemos ido desarrollando y perfeccionando, lo está anegando todo. Ahoga nuestras vidas, ahoga nuestro entorno.
No es de extrañar, pues, que con ese afán de vivir el presente de forma desaforada en primer persona (”yo lo quiero todo ahora mismo”) aniquilemos lo que podría suponer un freno.
Y lo cínico de todo esto es que ahora nos preocupa el mundo que dejaremos a nuestros hijos. Habíamos olvidado que son herederos universales de este mundo. Y si no hemos sido capaces de defenderles, ¿cómo vamos a tener el cinismo de rasgarnos las vestiduras por lo que le hemos hecho a nuestra Tierra?
Pero, el cinismo para ser completo debe contener en su formulación potentes dosis de crueles falacias. Hemos desplazado al sujeto responsable: ya no responsabilizamos al hombre -con conciencia individual- sino que apuntamos a “entes sin rostro”. Apuntamos a un hombre etereo, casi extraterresetre. Hablamos de entes globales. La culpa -decimos con desverguenza- es de los gobiernos, de las multinacionales, de ocultos y poderosos intereses… Pero no nuestra. ¡Jamás tuya ni mia! ¡Nunca de nuestra conciencia! Pero por si acaso prende en nosotros la llama de un posible examen de conciencia, nos diluimos en neofolclorismo de masas que nos hacen creer que estamos activos y luchando: caceroladas, cadenas humanas, murales gigantes, apagones de cinco minutos… para combatir el cambio climático.
Pssss… pretenden anestesiar nuestra conciencia -la tuya y la mía- con ridículas acciones cuyo único objetivo es aumentar el dominio del adocenamiento intelectual. Son propuestas que provienen de terceros y que pretenden silenciar la voz de nuestra conciencia mientras seguimos colaborando con esta cultura de la muerte, la de nuestros hijos y la de nuestra Tierra.
Si no hemos sido capaces de proteger a nuestros herederos, porque íbamos a preocuparnos de lo que iban a heredar.
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