Artículos insensatos (1)

Agosto 10th, 2007
Posted by freedownload

Me ocupa y preocupa ideas como estas, expuestas por personas que o bien son cargos públicos o en algún momento lo han sido.

No tengo la menor duda al respecto: absoluta libertad para publicarlas. Absoluta libertad, la suya, para exponer lo que creen que deben decir. Sin embargo, me duelen sus contenidos. Por injustos, partidarios, sectarios y orientados a confundir. Se sustentan en imágenes incompletas, deformaciones desgraciadamente habituales y en mentiras que a fuerza de repetirse mil veces parecen ser verdad.

Su objetivo es sembrar inquina y enfrentar.

No buscan entender ni compartir.

Por eso me duelen.

El de hoy es un artículo que publicó recientemente el diario Avui. Con un mínimo de cultura general, con un mínimo de visión que tenga un lector medianamente avezado seguramente le sorprenderá -y no muy gratamente, por cierto- la sarta de infundios e inexactitudes.

El autor es es Sebastián Alzamora, director de la revista Cultura que edita la Consejería de Cultura y Medios de Comunicación de la Generalitat.

He perdido el tiempo en traducirlo porque tiene mucha miga. Adjunto el enlace de la versión original que publicó el periódico. Me sorprende que el autor sea el director de una revista que se llama Cultura. No creo que encaje en la visión de la Alianza de las Civilizaciones que tanto propugna y tan poco avanza el triunvirato ZP-Peces Barba-del Toro. El autor debería aplicarse la mítica frase de ese otro mítico socialista: “Quien se mueve, no sale en la foto”.

Esta España
El Museo Arqueológico de Atenas, como es fama en cualquier parte del mundo, es un lugar que vale bien la pena: de manera aproximada, dijéramos que todo el testigo de una cierta importancia sobre el antiguo mundo helénico que no se encuentra, vía gracioso espolio, en el British Museum o al Metropolitan de Nueva York, se puede contemplar en este museo. Esto con respecto a la coleccíón permanente; después, como en todo museo digno de serlo, hay una bien interesante programación de exposiciones temporales. Concretamente en estas fechas, de finales de julio hasta medianos de octubre, es posible visitar una dedicada a Praxiteles, uno de los grandes escultores que la Grecia clásica ha aportado a la nómina de la inmortalidad. De forma que, aprovechando que me encuentro de vacaciones en el país de Ulises, esperando recibir alguna gracia de los dioses y soportando con estoicismo y algún vaso de retsina temperaturas propias de una fundición de bronce –medio país quema como una tea– y teclados que desconocen los acentos y las cedillas –someto a la santidad de los correctores del diario el estado en qué pueda llegar este artículo a los amables lectores–  hacia el Arqueológico me fui al encuentro del viejo Praxiteles y sus hijos y a la vez discípulos, que tampoco eran moco de pavo. La exposición, ni que decir tiene, es excelente y me permito de recomendarla vivamente a todos aquellos de ustedes que visiten Atenas en las próximas semanas.

Pero ahora no les quería hablar de escultura antigua ni del nacimiento y abolición de la primera democracia, sino de una anécdota que me hizo pensar, y ya me sabe mal, en España, esta gran nación a la cual tenemos el honor, que no hemos sabido nunca corresponder como se merece, de pertenecer. El caso es que, a la salida de la exposición, había un atril con un libro de visitas, para que el personal pudiera consignar sus impresiones. eché un vistazo: en las dos páginas por las cuales el libro se encontraba abierto se podía leer comentarios en un puñado de lenguas: italiano, francés, griego, y alemán, creo recordar, dónde se expresaban desde felicitaciones al museo hasta algunas ocurrencias ingeniosas, así como obviedades más o menos discretas. Pero también había tres aportaciones hispánicas, escritas naturalmente en la lengua de Cervantes, que resultaba difícil pasar por alto. En una de ellas, un señor se hacía cruces de como se habían conservado de bien las esculturas de Praxiteles a pesar de los muchos años que tenían, ignorante seguramente –pese a que así constaba, en un idioma tan remoto como el inglés, a la ficha de cada una de las piezas exhibidas– que se encontraba en presencia d’una selección de copias y reconstrucciones de varias épocas.

En otro de los comentarios, una señora o señorita se limitaba a hacer saber al personal que encontraba Grecia “muy bonita”, y remataba su elogio con un sentido “Olé nuestra reina griega!”, que era todo un canto de vibración patriótica. Pero esto no era nada junto al mejor apunte de los tres, que insistía en la belleza del país (”Grecia se mu bonito”, se leía textualmente), por continuar con una aguda y demoledora observación de carácter filológico: “Pero no tienen nuestro idioma español”, cosa que debía de convertir la población griega, a ojos de l’autor o autora del comentario, en un conjunto de personas dignas de commiseración. La cosa llegaba a su punto álgido con otra aseveración científica, en esta ocasión una crítica a la comunidad arqueológica local: “Ta tono eructo tono tirao”, s’leía, tras repasarlo tres veces por asegurarme que aquello decía el que decía. Y finalizaba con otro grito de alegría que debía de querer compensar la contundencia precedente: “Viva Grecia y Espana!”.

Bien, no se trata ahora de destacar los comentarios aislados de tres homínidos que entraron por error en un lugar que debería marearlos. Pero la verdad es que no pude evitar pensar en el contraste entre los esfuerzos que ha hecho España en las últimas décadas para presentarse como un país moderno y homologable al resto del mundo occidental y, por otra parte, la cruda imagen que a menudo oferece su ciudadanía que se le ocurre salir para viajar por el mundo. En la mayoría de los países a los cuales he tenido el placer de viajar, y Grecia no es una excepción, parece inevitable encontrarse con un amplio contingente de españoles que destacan entre la turistada por escandalosos y gritones, así como por su extrañeza ante el hecho de que haya personas en el mundo de que no hablen su idioma. Entonces la imagen de la España inquieta e innovadora, de la España que quiere superarse a sí misma y situarse entre las comunidades nacionales avanzadas, esta imagen que a veces, en un ejercicio de fe, nos hemos querido creer porque la encontrábamos prometedora, se te desmonta ante la consuetudionaria realidad de la pandereta, la cazalla y el caliqueño.

Es entonces cuando no puedo evitar pernsar en la España de la Red Eléctrica de España, en la España que castiga a Catalunya a pan y agua de inversiones a causa de un substrato indeleble de imperialismo residual, en la España que consiente tener a Barcelona infestada en pleno verano de unos generadores -burras se solian llamar- que hacen un ruido y un hedor del diablo, en esta España que lo tiene “tó roto, tó tirao” y sentir que te sube por la garganta un regusto agrio de envidia por encontrarte de vacaciones en un país que ya hace más de un siglo y medio que se liberó de sus invasores y parásitos.

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